"No seas como tantos escritores, no seas como tantos miles de personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso, no te consumas en tu amor propio."

Charles Bukowski



21 de junio de 2012

Nerea espera en vano


Un hombre recorre el camino empedrado que cruza el jardín. Sus pasos rompen el silencio con el sonido seco de los ataúdes. Camina con la lentitud de aquel que no quiere llegar a donde se dirige. La cazadora le queda demasiado corto, e intenta bajárselo hasta la cintura. El cielo comienza a oscurecer, engullendo los colores. Llega a la puerta de la vivienda y aprieta dos veces el timbre. Luego espera. Se coloca el pelo que le cae por la frente y respira profundamente, relajándose. La espera es interminable y mientras se seca el sudor de las manos en los pantalones vaqueros, piensa en qué dirá cuando le abran la puerta.

Los ojos de la mujer hace tiempo que están cerrados. No duerme, simplemente descansa en el sofá después de un día agotador. El sofá no es muy cómodo, ni siquiera es lo suficientemente grande como para tumbarse en él estirada. De la mano de la mujer resbala una revista que cae al suelo, esparciendo imágenes de mujeres desnudas. La respiración de la mujer cada vez se hace más sosegada. A ella no le importa quedarse otra vez dormida en el irritante sofá. Ese sofá huele a Nerea. Para ella no puede existir otro sofá más cómodo en el mundo.

El chico de los periódicos conoce a la mujer desde hace años. Ella siempre ha sido muy cordial con él y varias veces le ha invitado a tomar un café en su cocina. Es una mujer madura pero muy sensual y el chico se siente inevitablemente atraído por ella. Ha imaginado miles de veces que un día le invitaría a un café y, una vez en la cocina, harían el amor en posturas imposibles. Se ha imaginado un millón de veces mordiendo sus pálidos muslos. Está amaneciendo, los pájaros silban cualquiera de esas canciones que sólo ellos se saben. El chico no ve a la mujer en el jardín como todas las mañanas y se extraña, así que decide entrar a su casa para darle el periódico en mano, con la vana esperanza de encontrarla desnuda.

Nerea vive a cuatrocientos kilómetros de su amante. Nerea está casada, en el altar, frente a Dios y a la burocracia nacional. Ella cuenta los días, las horas y los minutos que quedan para que llegue el fin de semana y huir de su marido y sus hijos. Huir, para encontrarse con su amiga, en aquel salón, en aquel sofá, a ver películas de samuráis, reírse, comer fritos, y descubrir una vez más el amor. Hasta que pasen las siguientes horas leerá cualquier libro únicamente para entretenerse, ya que su marido está de servicio fuera de la ciudad y esa noche no discutirá con él.

El comisario no es hombre de muchas palabras. Atusa su bigote con parsimonia, un gesto que realiza mecánicamente cada vez que no encuentra interesante lo que está escuchando. Esta vez el que le está haciendo perder el tiempo es uno de los testigos, concretamente el chico de los periódicos. La mujer yace en un charco de sangre negra, en la entrada de la casa. Hay un gran revuelo al otro lado del jardín, en la calle. El comisario deja con la palabra en la boca al joven y cierra la puerta a su espalda quedándose sólo con el resto de policías en el pequeño recibidor. Luego se agacha al lado de la mujer y le toca el pelo con extrema delicadeza. Murmura una sola palabra para sí mismo: “salvajes”.  Luego se dirige hacia la cocina para hacerse un café mientras estira su cazadora, demasiado pequeña para su prominente barriga.



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